cuento 16 La Niña que Coleccionaba Suspiros
En el pueblo de Brisalba, donde el viento olía a canela los jueves y a tiza los domingos, vivía una niña llamada Lina con una colección peculiar: frascos de cristal llenos de suspiros. Los guardaba en un estante especial de su habitación, cada uno etiquetado con cuidado:
Suspiro de abuela al recordar su juventud (olor a rosas secas)
Suspiro de panadero al sacar el primer pan del día (sabor a mantequilla derretida)
Suspiro de niño al ver una mariposa por primera vez (color amarillo pálido)
Lina había descubierto su don por accidente a los siete años, cuando atrapó el suspiro de su madre al ver salir la luna llena. Desde entonces, usaba una red de seda tejida por arañas lunares para capturar estos frágiles momentos.
Todo cambió cuando llegó el Hombre sin Suspiros, un forastero con un traje gris que compraba emociones para revenderlas en la ciudad. Ofreció a Lina una bolsa llena de monedas que cambiaban de valor según el estado de ánimo del portador.
—"Tus suspiros podrían hacer feliz a mucha gente" —dijo mientras sus dedos largos acariciaban un frasco—. "Los convertiré en perfumes para los que han olvidado cómo sentir".
Lina se negó, pero al día siguiente descubrió que tres de sus frascos más preciados habían desaparecido:
El primer suspiro de su hermano recién nacido
El suspiro de despedida de su mejor amiga al mudarse
El único suspiro que su padre había dejado antes de irse para siempre
Siguiendo el rastro de olor a nostalgia robada, Lina llegó a una tienda clandestina en los límites del pueblo. Allí, los suspiros estaban siendo diluidos y mezclados en frascos genéricos: "Felicidad, 20% de concentración", "Tristeza de uso doméstico".
Con ayuda de las arañas lunares (que tejieron una red capaz de contener emociones puras) y del viento de los jueves (que odiaba los fraudes), Lina ideó un plan:
Liberó los suspiros no procesados haciendo cosquillas a un tubo de ensayo con una pluma de cuervo
Distrajo al Hombre sin Suspiros con un frasco falso lleno de estornudos de gato
Recuperó sus tesoros emocionales mientras los suspiros liberados hacían llorar de risa a los clientes
En la confusión, el Hombre sin Suspiros estornudó violentamente. Para su horror, produjo su primer suspiro genuino en años, que Lina atrapó hábilmente en un frasco nuevo:
Suspiro de arrepentimiento (sabor amargo con regusto a esperanza)
De vuelta en casa, Lina añadió una nueva categoría a su colección: "Suspiros recuperados". Y si alguna vez pasas por Brisalba en un atardecer de otoño, quizá la veas en la plaza, intercambiando suspiros vacíos por risas nuevas, porque descubrió que lo verdaderamente valioso no es atesorar emociones, sino compartirlas en el momento justo.
Fin.
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