cuento 20 La Niña que Guardaba los Secretos del Viento
En el pueblo de Ventarrosa, donde las ráfagas de viento dejaban pequeñas gotas de rocío al pasar, vivía una niña llamada Sofía que tenía un don especial: podía guardar secretos en el viento. No cualquier secreto, sino aquellos que pesaban demasiado en el corazón y necesitaban ser liberados.
Cada mañana, Sofía subía a la Colina de los Susurros, el punto más alto del pueblo, y con un viejo cuaderno de tapas azules, escribía los secretos que la gente le confiaba. Luego, arrancaba la página, la doblaba en forma de barco y la dejaba ir al viento. Los papeles volaban hasta desaparecer, llevándose consigo las penas y los arrepentimientos.
Un día, Sofía notó algo extraño: los secretos no desaparecían como antes. Los papeles caían al suelo, intactos, como si el viento se hubiera cansado de llevárselos. Peor aún, los secretos que ya había guardado comenzaron a regresar, flotando por las calles del pueblo, revelando cosas que nunca debieron salir a la luz.
El panadero había quemado el pan a propósito para no venderlo a un cliente grosero.
La maestra había llorado en su escritorio porque extrañaba a su hermano.
El niño más callado del pueblo había robado un juguete, no por maldad, sino porque era idéntico al que su padre le había regalado antes de irse.
El pueblo se llenó de tensiones. La gente se miraba con desconfianza, y los que antes eran amigos ahora evitaban hablarse. Sofía sabía que tenía que arreglar lo que había roto.
Con la ayuda de su abuelo, un viejo carpintero que entendía el lenguaje del viento, descubrió la verdad: el Viento de los Secretos estaba enfermo. Un grupo de constructores había talado los árboles al norte del pueblo, justo donde el viento descansaba antes de llevar los secretos lejos. Sin ese refugio, el viento ya no tenía fuerzas.
Decidida a solucionarlo, Sofía reunió a los niños del pueblo. Juntos, construyeron cometas gigantes con forma de árbol usando ramas, tela y papel. Las elevaron al cielo, creando un bosque aéreo donde el viento pudiera descansar.
Al principio, nada sucedió. Pero al tercer día, cuando el sol comenzaba a ponerse, una suave brisa levantó los papeles que habían caído. Uno por uno, los secretos volvieron a elevarse, esta vez más fuertes que nunca, llevándose las palabras que no debían quedarse.
El pueblo aprendió una valiosa lección: los secretos no son malos cuando se comparten con el viento, pero el viento también necesita cuidado. Desde entonces, cada año, los habitantes de Ventarrosa plantan árboles nuevos al norte del pueblo y construyen cometas en forma de hojas para asegurarse de que el viento siempre tenga un lugar donde descansar.
Y Sofía, ahora mayor, sigue subiendo a la colina, pero ya no está sola. Los niños del pueblo la acompañan, y juntos escriben no solo secretos, sino también sueños, porque descubrieron que el viento puede llevar ambas cosas con la misma facilidad, siempre y cuando alguien esté dispuesto a escucharlo.
Fin.
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