cuento 11 La Tejedora de Nubes

 En el pueblo de Alto Bruma, donde las casas se construían sobre pilotes para estar más cerca del cielo, vivía una niña llamada Ciria que podía tejer con las nubes. No era magia, sino un don heredado de su bisabuela, la última tejedora oficial de nubes antes de que llegaran las máquinas de lluvia artificial.


Cada mañana, Ciria subía a la plataforma de tejer en el tejado de su casa. Con sus agujas de madera de pino y ovillos de hilo de altocúmulos, daba forma a las nubes que pasaban sobre el pueblo. Sus creaciones eran legendarias:


Nubes con forma de ballena que traían lluvias largas y profundas


Nubes de encaje que dejaban caer rocío en patrones geométricos


Su famosa "Nube Mantita" que protegía a los recién nacidos del frío


Pero todo cambió cuando llegaron los Desenredadores, un grupo de hombres con trajes grises y máquinas que "optimizaban" las nubes. Con sus aparatos de vapor, estiraban las nubes hasta convertirlas en delgadas láminas grises, todas iguales.


"Las nubes irregulares son ineficientes", decían mientras cortaban los jirones de niebla que Ciria había tejido con tanto cuidado.


La niña intentó protestar:


"¡Sin nubes bien tejidas, las lluvias no sabrán a nada!"


"¡Mis nubes en forma de corazón hacen que los cultivos crezcan más felices!"


Pero los Desenredadores solo sacaron sus cuadernos de estadísticas y anotaron: "Sujeto 14-C: Resistencia al progreso".


Esa noche, Ciria hizo algo prohibido. Subió a la plataforma más alta del pueblo, donde antaño las tejedoras creaban las nubes de invierno. Con hilos de cirros lunares y agujas de hielo, comenzó a tejer la Nube Prohibida, aquella que solo mencionaban en susurros las tejedoras mayores.


Mientras trabajaba, ocurrió lo imposible:


Primera hora: Sus agujas empezaron a brillar con luz propia


Segunda hora: El viento cantó una canción olvidada


Al amanecer: La nube terminada era tan grande que cubría todo el valle


Los Desenredadores llegaron con sus máquinas, pero cuando intentaron "optimizar" la creación de Ciria, ocurrió el milagro. La nube comenzó a llover agujas de tejer que se clavaban en el suelo formando un círculo protector. De cada aguja brotaba un hilo de plata que tejía nuevas nubes en el aire.


Al mediodía, el cielo era un tapiz viviente. Nubes con forma de libro para la escuela, nubes-sombrero para los días soleados, incluso una nube-gato que ronroneaba truenos suaves.


Los Desenredadores huyeron cuando sus máquinas empezaron a tejer por su cuenta, produciendo bufandas de niebla en lugar de nubes grises.


Desde entonces, Alto Bruma tiene el cielo más hermoso de la región. Y si miras con atención al amanecer, verás a Ciria en su plataforma, enseñando a los niños más pequeños el arte olvidado de leer en los hilos del viento.


Fin.

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