cuento 12 El Jardín de las Preguntas Perdidas
En el pueblo de Saberán, donde las bibliotecas crecían como árboles y los niños aprendían a leer antes que a caminar, existía un lugar prohibido: el Jardín de las Preguntas Perdidas. Se decía que allí crecían todas las preguntas que nadie se había atrevido a hacer, alimentadas por la curiosidad desperdiciada.
Mateo, un niño de diez años que siempre llevaba un cuaderno en el bolsillo, descubrió el jardín por accidente cuando siguió a una mariposa de papel que había salido volando de su libro de ciencias. La criatura lo guió hasta una verja oxidada, tras la cual las plantas no tenían hojas, sino palabras suspendidas en el aire.
—¿Qué pasaría si el sol fuera azul? —leyó en un arbusto cercano.
—¿Por qué los adultos dejan de hacer preguntas? —susurraba una enredadera.
Al centro del jardín había un estanque donde flotaban las preguntas más antiguas, aquellas que ya nadie recordaba. Mateo se inclinó para leer una: "¿Dónde van los colores cuando anochece?"
—Cuidado con lo que preguntas —dijo una voz a su espalda.
Era la Guardiana de los Porqués, una mujer tan vieja que sus arrugas parecían signos de interrogación. Llevaba un vestido hecho de páginas arrancadas y en sus manos sostenía una regadera que goteaba tinta.
—Este jardín se nutre de la curiosidad —explicó mientras regaba una mata de preguntas matemáticas—. Pero cada pregunta que tomas, te quita un recuerdo en exchange.
Mateo no lo pensó dos veces. Arrancó una pregunta brillante: "¿Qué sienten las estrellas cuando nos miran?"
Al instante, olvidó cómo atarse los cordones.
La Guardiana asintió gravemente.
—Así funciona. Las preguntas verdaderas tienen precio.
Durante semanas, Mateo visitó el jardín en secreto. Con cada pregunta que recolectaba, perdía algo: el nombre de su primer maestro, el sabor de su postre favorito, incluso el rostro de su abuelo fallecido. Pero su cuaderno se llenaba de maravillas:
"¿Los espejos son ventanas a otros yoes?"
"¿Las lágrimas tienen memoria?"
"¿A qué huele el silencio?"
Hasta que una noche, al llegar a casa, su madre lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿No te acuerdas? Hoy es tu cumpleaños —susurró.
Mateo revisó su cuaderno. Había olvidado su propia edad.
Esa misma tarde, regresó al jardín con determinación. Buscó entre las plantas hasta encontrar la pregunta más antigua de todas, aquella que ni la Guardiana tocaba: "¿Vale la pena saberlo todo?"
Cuando la arrancó, el jardín entero tembló. Las palabras se desprendieron de las plantas y flotaron hacia Mateo, insertándose en su piel como tatuajes vivientes. Perdió en ese instante todos sus recuerdos... pero ganó algo más precioso.
Al despertar en el hospital del pueblo, rodeado de familiares preocupados, Mateo hizo algo extraordinario: respondió cada una de las preguntas de su cuaderno, no con palabras, sino con abrazos, con risas, con la vida misma.
El jardín desapareció al día siguiente. En su lugar creció una escuela donde los niños aprendían que algunas respuestas no se escriben, se viven. Y si alguna vez encuentras una mariposa de papel, obsérvala bien: tal vez lleve una pregunta que solo tú puedes responder.
Fin.
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