cuento 13 La Niña que Alimentaba a la Luna

 En el pueblo de Lunanoche, donde el sol apenas se asomaba tres horas al día, vivía una niña llamada Celeste con una misión singular: cada atardecer, subía al faro abandonado para alimentar a la luna. Su abuela le había enseñado el secreto antes de morir: "La luna es una niña tímida que olvidó cómo crecer. Si no le damos de comer, se marchitará como una flor de plata".


El ritual nunca cambiaba:


Primero, molía estrellas fugaces en un mortero de porcelana


Luego, mezclaba el polvo con risas de recién nacidos


Por último, soplaba la preparación hacia el cielo con una pajilla de cristal


Pero esa noche de invierno, cuando Celeste llegó al faro, encontró el mortero vacío y la pajilla rota. Al mirar al cielo, vio con horror que la luna estaba más pequeña que la noche anterior, como si alguien le hubiera robado su comida.


Siguiendo un rastro de polvo plateado, Celeste descubrió huellas diminutas que llevaban al bosque de los susurros. Allí, entre árboles que crecían al revés (con las raíces al aire), encontró a tres ratones lunares robandole provisiones a la luna. Sus ojos brillaban como faroles y llevaban sacos llenos de estrellas molidas.


—¡Dejen eso! —gritó Celeste, arrebatándole un saco al más pequeño—. ¿No ven que la luna se está encogiendo?


El ratón mayor, que usaba un sombrero hecho de eclipse, explicó entre dientes:

—El invierno viene largo y frío. Sin estas reservas, nuestros bebés no sobrevivirán.


Celeste miró a la luna menguante, luego a los ratoncillos temblorosos. Entonces recordó las palabras de su abuela: "A veces alimentar no es dar lo que sobra, sino compartir lo necesario".


Armó un plan:


Tejió una red con sus propios cabellos (que brillaban débilmente por la herencia de su abuela)


Atrapó copos de nieve cargados de luz estelar


Enseñó a los ratones a extraer el brillo sin dañar las estrellas


Juntos crearon un nuevo alimento: nieve estelar, menos potente pero suficiente para todos. Cada noche, mientras Celeste alimentaba a la luna con tres cucharadas, los ratones llevaban una cucharadita a sus crías.


Con el tiempo, algo milagroso ocurrió. La luna, al recibir comida dada con amor verdadero, comenzó a crecer como nunca antes. Para el equinoccio de primavera, era tan grande que iluminaba todo el pueblo, permitiendo que por primera vez los niños jugaran fuera de noche.


Los ratones lunares, en agradecimiento, le regalaron a Celeste un collar hecho con los restos de la pajilla rota. Cuando lo usaba, podía entender el lenguaje de los astros.


Y así fue como la niña que alimentaba a la luna descubrió que el verdadero secreto no estaba en la receta, sino en la medida justa entre dar y recibir.


Fin.

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