cuento 14 La Última Librería Mágica
En el corazón de la ciudad de Cristalina, escondida entre un café y una tienda de paraguas, existía una pequeña librería llamada "Las Páginas Susurrantes". Su dueño, el señor Lorenzo, era un hombre anciano que aseguraba que los libros no se leían, sino que se vivían.
Lucía, una niña de doce años con una cicatriz en forma de signo de interrogación en la muñeca, descubrió el secreto del lugar por accidente. Un día de lluvia, mientras esperaba a que escampara, tomó un libro titulado "El Jardín de las Mariposas de Tinta". Al abrirlo, sintió cómo sus dedos se hundían en el papel como si fuera agua. Antes de darse cuenta, estaba dentro de la historia, oliendo las flores y escuchando el aleteo de criaturas hechas de letras.
Cuando logró salir (tocando la palabra "Fin" tres veces), encontró al señor Lorenzo sonriendo tras el mostrador.
—Cada libro es una puerta —explicó mientras limpiaba sus gafas redondas—. Pero cuidado, algunos argumentos son pegajosos y pueden quedarse contigo.
Pronto, Lucía se convirtió en visitante frecuente. Aprendió las reglas:
Nunca subrayar (las líneas marcadas se convertían en cicatrices reales)
No saltarse capítulos (causaba lagunas en la memoria)
Jamás quedarse después del epílogo (algunos lectores desaparecían para siempre)
Todo cambió cuando llegó la Dama de las Contraportadas Grises, una mujer alta que compró todos los libros de aventuras para "proteger a los niños del peligro". Día tras día, la librería se vaciaba, hasta que solo quedó un ejemplar: "El Libro que No Quería Ser Leído".
—Este no se vende —dijo el señor Lorenzo, abrazando el volumen como a un hijo.
—No es su decisión —respondió la Dama, mostrando un documento oficial.
Esa noche, Lucía regresó en secreto. El anciano le entregó el libro con manos temblorosas.
—Alguien debe recordar la magia. Léelo completo, pero no cierres la última página.
El libro era diferente a los demás. Contenía todas las historias desaparecidas mezcladas en una trama imposible. Lucía viajó por castillos flotantes, bosques de letras y océanos de tinta, dejando pequeñas marcas (un lazo aquí, una piedra pintada allá) para poder volver.
Cuando llegó al final, entendió la advertencia. La última página mostraba a la Dama de las Contraportadas Grises robando los finales felices. Si cerraba el libro, la magia moriría.
Entonces hizo lo prohibido: rompió la página final y esparció sus pedazos sobre los estantes vacíos. Cada fragmento se convirtió en un nuevo libro, llenando la tienda de historias frescas.
Al amanecer, la Dama regresó, pero al ver la librería rebosante de magia, sus documentos se convirtieron en páginas en blanco. Sin palabra alguna, se marchó para siempre.
Hoy, "Las Páginas Susurrantes" sigue en pie, ahora atendida por Lucía. Y si algún día encuentras un libro que brilla débilmente en la oscuridad, ábrelo con cuidado: quizá sea uno de los que aún esperan ser vividos.
Fin.
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