cuento 18 La Niña que Bordaba el Tiempo

 En el pueblo de Temporis, donde los relojes marcaban horas diferentes en cada casa, vivía una niña llamada Clara que podía ver los hilos del tiempo. No eran metafóricos: brillaban como hebras de oro sobre todas las personas y objetos, desgastándose poco a poco hasta romperse en el momento de la muerte.


Clara guardaba su don en secreto, hasta que una tarde vio el hilo de su abuela casi transparente. Sabía lo que significaba. Corrió al desván donde guardaba su tesoro más preciado: una aguja de cristal que había encontrado en el río cuando tenía seis años.


Con manos temblorosas, Clara hizo algo prohibido. Cosería más tiempo a la vida de su abuela.


El proceso era delicado:


Enhebró la aguja con un fragmento de su propio hilo vital (dorado y grueso, por su juventud)


Bordó puntadas invisibles uniendo ambos hilos


Cantó la canción de cuna que su abuela le enseñó, porque el tiempo sólo se deja manipular por la nostalgia


Al amanecer, su abuela despertó con energía renovada. Pero Clara notó cambios:


Su cabello ahora tenía una mecha blanca que no estaba antes


Los pájaros no cantaban cuando ella pasaba


Su reflejo en los espejos llegaba un segundo tarde


El precio había comenzado a cobrarse.


Pronto, el pueblo entero supo de su habilidad. La visitaban en secreto:


El panadero quería más horas para amasar


La maestra pedía minutos extras en los exámenes


Hasta el gato del mercado maullaba por una vida más larga


Clara intentó negarse, pero las súplicas la convencieron. Cada bordado le quitaba algo:


Perdió el recuerdo de su primer diente caído


Olvidó el olor a hierba recién cortada


Su risa sonaba un poco más apagada cada día


La gota que colmó el vaso fue cuando el alcalde exigió un día completo para terminar su discurso. Al concederlo, Clara perdió todos sus recuerdos de cumpleaños.


Esa noche, su abuela (cuya vida ahora brillaba dorada) la encontró llorando en el desván.


—Los regalos no valen si te vacías por darlos —dijo, tomando las tijeras de plata que colgaban de su cuello—. Corta los hilos.


Con lágrimas en los ojos, Clara cortó cada puntada que había hecho. Al instante:


Su mecha blanca se tiñó de negro


Los pájaros cantaron su nombre


Los recuerdos perdidos regresaron como un torrente


Al día siguiente, Clara colgó un cartel en su puerta:

"No bordo tiempo, pero te enseño a disfrutar el tuyo".


Y si hoy visitas Temporis, verás a una mujer joven enseñando a los niños a hacer cometas con relojes viejos. Cuando las sueltan al viento, el tiempo parece detenerse... pero sólo porque están demasiado felices para notar que pasa.


Fin.

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