cuento 3 El Secreto de la Montaña Que Susurra

 En el valle de Eldermar, rodeado por picos nevados que parecían tocar el cielo, existía una leyenda que los ancianos contaban junto al fuego: la historia de la Montaña Que Susurra. Se decía que, en las noches de luna llena, la montaña emitía un canto misterioso que solo los corazones puros podían escuchar, y que quien lograra descifrar su mensaje encontraría el Espejo de la Verdad, un artefacto capaz de mostrar el destino de quien se mirara en él.


Kael, un joven pastor de cabras de doce años, había crecido escuchando esas historias. A diferencia de los demás niños, que las consideraban simples cuentos, él sentía una extraña conexión con la montaña. Cada vez que llevaba su rebaño a pastar cerca de sus faldas, escuchaba un zumbido leve, como si alguien estuviera llamándolo en un idioma olvidado.


Una tarde, mientras regresaba al pueblo, notó que las hojas de los árboles cercanos a la montaña habían comenzado a secarse de golpe, y el arroyo que alimentaba a Eldermar fluía con menos fuerza.


—Algo anda mal —murmuró Kael, observando el paisaje marchito—. La montaña está enferma.


Esa noche, en la reunión del consejo del pueblo, Maestra Nara, la sabia herborista, anunció con voz grave:


—El manantial que nace en la Montaña Que Susurra se está secando. Si no descubrimos por qué, nuestro valle morirá de sed en menos de un mes.


Kael, impulsado por un coraje que no sabía que tenía, se levantó de su asiento.


—Yo iré a la montaña —dijo, mientras los aldeanos lo miraban con incredulidad—. Escucho sus susurros. Creo que... me está pidiendo ayuda.


Su padre, el herrero Torin, puso una mano firme sobre su hombro.


—Es peligroso, hijo. La montaña está llena de cuevas traicioneras y criaturas que no perdonan. Pero si decides ir, lleva esto.


Le entregó un collar con una piedra negra que brillaba con destellos plateados.


—Es una esquirlas del corazón de la montaña. Te guiará hacia la verdad... pero solo si estás preparado para enfrentarla.


Al amanecer, Kael partió con solo una mochila con pan, queso y una cantimplora. El camino era empinado, y el aire se volvía más frío con cada paso. A medio ascenso, encontró un cuervo herido atrapado entre las rocas.


—Por favor —graznó el ave—. Ayúdame y te daré un consejo.


Kael recordó las advertencias sobre las criaturas engañosas de la montaña, pero no pudo dejarlo sufrir. Lo liberó con cuidado, y el cuervo, agradecido, susurró:


—El Espejo de la Verdad no muestra el futuro... muestra lo que ya llevas dentro. Ten cuidado con lo que deseas ver.


El cuervo voló, y Kael continuó su camino hasta llegar a una grieta oculta entre las rocas, donde su collar brilló con intensidad. Al entrar, se encontró en una caverna iluminada por cristales azules. En el centro, sobre un pedestal de piedra, flotaba el Espejo de la Verdad, rodeado por un aura plateada.


Kael respiró hondo y se acercó. En lugar de su reflejo, el espejo mostró imágenes:


El pasado: Vio a los mineros del pueblo, años atrás, extrayendo minerales de la montaña con máquinas que resonaban como truenos.


El presente: Las máquinas habían debilitado el corazón de cristal de la montaña, causando que se secara.


El futuro: Si nada cambiaba, Eldermar se convertiría en un desierto.


Pero entonces, el espejo mostró una cuarta imagen: Kael mismo, con las manos sobre la roca de la montaña, cantando una melodía antigua que hacía brotar agua de las grietas.


El Canto de la Curación


Al salir de la cueva, Kael corrió hacia la base de la montaña, donde una enorme roca lisa marcaba el lugar del manantial original. Colocó sus manos sobre ella y, recordando los susurros que había escuchado toda su vida, comenzó a cantar.


Su voz, al principio temblorosa, se volvió fuerte y clara. La piedra del collar brilló, y poco a poco, la montaña respondió. El suelo vibró, y de las profundidades brotó un chorro de agua cristalina que mojó la tierra seca.


Los aldeanos, que habían seguido a Kael al escuchar el canto, cayeron de rodillas al ver el milagro. Maestra Nara, con lágrimas en los ojos, murmuró:


—No era el espejo lo que necesitábamos... era recordar cómo escuchar.


Epílogo


A partir de ese día, los habitantes de Eldermar prometieron proteger la montaña. Kael se convirtió en su Guardián de los Susurros, enseñando a los niños el lenguaje olvidado de la tierra. Y aunque el Espejo de la Verdad desapareció, su lección permaneció:


"El destino no está escrito en cristales... sino en las elecciones que hacemos cada día."


Fin.


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