cuento 4 El Jardín de las Lunas Perdidas
En el pueblo de Brumavista, donde la niebla se aferraba a los tejados como un manto plateado, existía un misterio que desafiaba toda lógica. Cada vez que la luna llena iluminaba el cielo, un niño del pueblo desaparecía sin dejar rastro. No había gritos, ni señales de lucha, solo un silencio inquietante y un pequeño broche de plata con forma de media luna que aparecía en el lugar donde el niño había estado por última vez.
Alba, una niña de once años con ojos curiosos y una mente tan aguda como las agujas de tejer de su abuela, había perdido a su mejor amigo Theo en la última luna llena. Mientras los adultos se resignaban a este "castigo de los dioses", Alba notó un detalle que a todos se les había escapado: los niños desaparecidos tenían algo en común: todos habían soñado con un jardín de flores plateadas antes de desaparecer.
"¿Por qué nadie más ve la conexión?", se preguntaba Alba mientras examinaba el cuaderno donde Theo había dibujado ese jardín misterioso. En la esquina inferior derecha, casi borrado, había unas coordenadas numéricas.
Con determinación que asustaría a cualquiera que conociera su temperamento, Alba preparó su mochila: una brújula heredada de su abuelo explorador, un frasco de té de menta (por si encontraba a Theo y estaría sediento), y su inseparable diario de notas. Esperó hasta que sus padres se durmieran y salió sigilosamente bajo la luz plateada de la luna creciente.
El bosque que rodeaba Brumavista parecía diferente de noche. Los árboles susurraban secretos en un idioma que Alba casi podía entender. Siguiendo las coordenadas del dibujo, llegó a un claro donde el musgo brillaba con un tenue resplandor azulado. En el centro, una puerta de hierro oxidado, tan pequeña que solo un niño podría pasar, estaba incrustada en el tronco de un roble milenario.
Al cruzar el umbral, el mundo dio un vuelco. Alba cayó en un jardín de ensueño donde las flores no eran de plata, como en los dibujos, sino de cristal líquido que cambiaba de color con cada paso que daba. En el centro del jardín, una mujer alta y delgada, con un vestido hecho de pétalos de luna, cantaba una canción sin palabras mientras tejía algo con hilos de luz.
"¡Theo!", gritó Alba al ver a su amigo sentado junto a la mujer, con los ojos vidriosos y una sonrisa ausente. Otros niños del pueblo estaban allí también, todos en el mismo estado hipnótico.
La mujer giró lentamente su cabeza. Sus ojos eran espejos que reflejaban infinitas versiones de Alba. "Bienvenida, pequeña observadora", dijo con una voz que sonaba a campanas de cristal. "Has encontrado el Jardín de las Lunas Perdidas, donde los sueños de los niños se hacen realidad".
Alba, con las manos temblorosas pero la voz firme, respondió: "Los está atrapando. ¡Déjelos ir!".
La mujer suspiró, y en su aliento flotaron diminutas constelaciones. "No los atrapo, tesoro. Los protejo. Fuera de aquí, sus sueños se marchitarán, sus imaginaciones serán aplastadas por el mundo de los adultos. Aquí, pueden ser libres para siempre".
Alba miró alrededor. El jardín era hermoso, sí, pero notó algo que los otros niños, encantados, no podían ver: las flores de cristal no tenían raíces. Flotaban sobre la tierra, desconectadas de todo, como los niños que habían perdido su conexión con la realidad.
Con un movimiento rápido, Alba sacó su frasco de té y lo derramó sobre la tierra a sus pies. Donde caían las gotas, las flores de cristal se convertían en margaritas comunes, firmemente arraigadas en la tierra. La mujer gritó, un sonido que hacía temblar los pétalos de luna de su vestido.
"¡No puedes hacer eso! ¡Estás arruinando la magia!", gritó.
"La verdadera magia", dijo Alba mientras seguía regando el jardín, "necesita raíces. Igual que los niños".
A medida que el té transformaba más flores, los niños comenzaron a despertar de su trance. Theo parpadeó y miró a su alrededor, confundido. "Alba... ¿qué pasó?".
La mujer de los pétalos de luna comenzó a encogerse, su vestido se deshizo en polvo de estrellas. "Tenías razón, pequeña observadora", murmuró antes de desaparecer. "Sin raíces, incluso los sueños más bellos mueren".
Al amanecer, Alba y los niños regresaron al pueblo, donde sus familias los recibieron con lágrimas de alegría. En los meses siguientes, algo cambió en Brumavista. Los adultos comenzaron a escuchar más a los niños, a valorar sus imaginaciones. Y en el lugar donde antes crecía la niebla más espesa, surgió un verdadero jardín de flores comunes, donde los niños jugaban y soñaban... pero siempre volvían a casa para cenar.
En el centro de ese jardín, una pequeña placa decía: "Los sueños necesitan alas para volar... pero también raíces para crecer".
Fin.
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