cuento 5 La Ciudad de los Relojes Dormidos
En el corazón del valle de Umbría, donde las montañas se inclinaban como viejos sabios cansados, existía una ciudad olvidada por el tiempo. Sus torres de piedra negra se alzaban silenciosas, sus calles empedradas brillaban bajo la luz de una luna perpetua, y en cada esquina, relojes gigantes marcaban la misma hora: las tres y cuarenta y siete de la madrugada.
Nadie recordaba cómo había comenzado el Letargo. Los adultos de Umbría caminaban como sonámbulos, repitiendo las mismas acciones día tras día. Los niños, en cambio, conservaban un destello de curiosidad, pero incluso eso se desvanecía al cumplir los doce años, cuando recibían su primer reloj de bolsillo y caían bajo el mismo hechizo.
Sira, una niña de once años y medio, era distinta. Llevaba un diario donde anotaba todo lo que los demás olvidaban:
"Día 214: La panadera repite exactamente las mismas palabras al vender el pan. Día 317: Los pájaros no cantan, solo repiten tres notas una y otra vez."
Su mayor descubrimiento fue un patrón: cada noche, a las 3:47 a.m., un carruaje negro aparecía frente al ayuntamiento. De él descendía una figura envuelta en capas de sombra, que entraba al edificio y salía exactamente siete minutos después.
—Tengo que seguir ese carruaje —decidió Sira la noche antes de su duodécimo cumpleaños.
El Mecanismo del Tiempo
Escondida entre los arbustos de la plaza, Sira vio cómo el carruaje se detenía puntualmente. La figura, que ahora distinguía como un hombre alto con un reloj de arena incrustado en el pecho, entró al ayuntamiento.
Siguiéndolo en silencio, descubrió una sala oculta tras una estatua móvil. En su centro, un engranaje gigante giraba lentamente, conectado por cadenas plateadas a todos los relojes de la ciudad. El Hombre Reloj (como lo llamó mentalmente) vertía un polvo dorado en el mecanismo, y las agujas de todos los relojes temblaban... pero no avanzaban.
—¿Por qué detienes el tiempo? —preguntó Sira sin pensar.
El Hombre Reloj giró lentamente. Bajo su sombrero, no tenía rostro, solo un vacío estrellado.
—No lo detengo, pequeña observadora. Lo protejo. El tiempo duele. Hace que las cosas cambien, que la gente se vaya... —su voz sonaba a tictac de péndulo—. Aquí nadie sufre pérdidas.
Sira miró alrededor. Las paredes estaban cubiertas con retratos de generaciones de umbríos, todos congelados en su edad perfecta. Entendió entonces: la ciudad era una jaula dorada, y el Hombre Reloj, su guardián.
—Pero sin tiempo no hay crecimiento —replicó, señalando un retrato de su propia madre, que a sus treinta años tenía los mismos ojos vacíos que ahora—. ¡Mira a mi hermano menor! ¡Ni siquiera ha aprendido a atarse los zapatos porque nunca necesita hacerlo!
El Hombre Reloj se quedó quieto por un largo minuto (que, irónicamente, no registró en ningún reloj).
—¿Prefieres el dolor del cambio? —preguntó finalmente.
—Prefiero la vida —respondió Sira.
El Tictac Final
Con un movimiento rápido, Sira saltó hacia el engranaje principal y arrancó la cadena maestra que lo conectaba a su reloj de bolsillo (aún no entregado). El mecanismo emitió un gemido metálico, y de pronto...
Todo se detuvo.
Los relojes dejaron de tictaquear. El Hombre Reloj se desvaneció como humo, y en el silencio que siguió, Sira escuchó algo nuevo: el viento.
Afuera, la luna comenzó a moverse por primera vez en siglos. Los adultos parpadearon, confundidos, como si despertaran de un sueño largo. El hermano menor de Sira, de cinco años, gritó alegremente:
—¡Mira, Sira! ¡Una mariposa!
Era cierto. Un frágil insecto amarillo aleteaba sobre una flor que no estaba allí el día anterior.
En el ayuntamiento, el gran reloj marcaba ahora las 6:32 a.m., y sus agujas seguían avanzando.
Epílogo
Con el tiempo (ahora fluyendo libremente), Umbría cambió. Los niños crecieron, los ancianos murieron, y las estaciones volvieron a rotar. Sira se convirtió en la primera relojera de la ciudad, asegurándose de que nadie olvidara la lección:
"El tiempo no es un enemigo. Es el hilo con el que tejemos nuestras historias."
En la plaza principal, donde antes había un reloj detenido, ahora crecía un árbol cuyas hojas se doraban en otoño y renacían en primavera. Y si alguien se acercaba mucho, podía escuchar, muy leve, el sonido de un tictac... pero esta vez, era el ritmo de un corazón vivo.
Fin.
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