cuento 7 El Bosque de los Susurros de Tela
En el pueblo de Hilvanar, donde las agujas eran tan importantes como los cuchillos y las tijeras se afilaban cada mañana, existía un lugar prohibido: el Bosque de los Susurros de Tela. Los adultos decían que era peligroso, que las telas que crecían en sus árboles podían envolver a un niño y convertirlo en un simple dibujo bordado. Pero para Lien, una niña de once años con un ojo de cristal (regalo de su difunta madre sastra), el bosque era el único lugar donde podía escuchar los susurros de las telas olvidadas.
Todo comenzó el día que encontró el Dedal de Plata en el desván de su abuela. Al ponérselo, las telas muertas comenzaron a hablarle:
"Lien... ayúdanos a recordar..."
Las voces la llevaron al borde del bosque prohibido, donde los árboles no tenían hojas, sino retazos de vestidos antiguos que ondeaban como banderas de un reino olvidado. Entre ellos, descubrió un sendero de hilos dorados que brillaban bajo la luz de la luna llena.
La Sastra que Perdió sus Costuras
Dentro del bosque, el tiempo parecía estar hecho de algodón sin cardar. Lien seguía los hilos hasta una cabaña de bastidores, donde una mujer espectral cosía sin descanso. Su cuerpo era transparente en algunos lugares, como si le faltaran pedazos de tela vital.
"Soy la Última Sastra", susurró la mujer sin levantar la vista de su máquina de coser antigua. "Cuando me olvidaron, el bosque me atrapó para mantener vivos los recuerdos de las telas. Pero ya no puedo recordar mi propio nombre..."
Lien observó horrorizada cómo los dedos de la mujer se deshacían en hilos cada vez que terminaba una costura. El bosque se alimentaba de su memoria, convirtiéndola en parte de su tejido viviente.
"¿Cómo puedo ayudarte?", preguntó Lien, ajustando el dedal que ahora quemaba en su dedo.
La Sastra señaló hacia un baúl cubierto de telarañas de seda en un rincón. "Ahí están los nombres. Si logras unirlos a sus telas correctas antes del amanecer, seré libre."
El Juego de Agujas
Al abrir el baúl, Lien encontró cientos de etiquetas de nombres flotando como mariposas de papel: "Vestido de Boda de la Abuela Alba", "Chaleco del Abuelo Marinero", "Mantel de la Última Cena"... Cada una brillaba con un color diferente.
Afuera, las telas de los árboles comenzaron a agitarse. Formaban figuras humanoides que se acercaban lentamente a la cabaña: eran los Olvidados, personas cuyas prendas habían perdido su historia.
Lien trabajó febrilmente:
Con el dedal, podía ver los recuerdos en cada tela.
Con su ojo de cristal, distinguía los hilos invisibles que conectaban nombres y tejidos.
Pero por cada etiqueta que colocaba correctamente, dos más salían volando del baúl.
Cuando apenas quedaba una hora para el amanecer, la Sastra ya había perdido su nariz y su boca, convertidas en meras puntadas sobre el aire. Lien, desesperada, hizo algo prohibido: se arrancó el ojo de cristal y lo colocó sobre la máquina de coser.
"Toma mi recuerdo de mamá", gritó. "¡Es lo único que tengo que valga la pena recordar!"
El Último Puntada
El ojo brilló como un faro. Todos los nombres volaron hacia sus telas correspondientes, cosiéndose solos con hilos de luz. Los Olvidados recuperaron sus rostros por un instante, sonrieron, y se desvanecieron en polvo de estrellas.
La Sastra recuperó su forma humana: era la Bisabuela Elara, la primera sastra de Hilvanar, desaparecida cien años atrás.
"Has roto la maldición, pequeña costurera", dijo acariciando la mejilla vacía de Lien. "Pero los sacrificios verdaderos nunca se quedan sin recompensa."
Con un gesto, hizo que de la máquina de coser saliera un nuevo ojo, esta vez hecho de hilos entrelazados que brillaban con todos los colores del arcoíris.
"Ahora verás lo que otros no pueden: la historia de cada tela que toques."
Epílogo
Lien regresó al pueblo al amanecer. Nadie notó su nuevo ojo de hilos, ni preguntó por el bosque que ahora tenía árboles normales (aunque sus cortezas parecían tener extraños dibujos bordados).
Con los años, se convirtió en la Sastra de las Memorias, capaz de hacer vestidos que curaban la tristeza y trajes que daban valor. Pero su creación más famosa fue un simple parche de seda para niños que habían perdido un ojo, que les permitía ver las historias escondidas en las cosas ordinarias.
Y cuando los viejos de Hilvanar preguntaban cómo lo hacía, ella solo sonreía y decía:
"Todo en este mundo está conectado por hilos invisibles. Yo solo ayudo a hacerlos visibles."
Fin.
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