cuento 6 La Niña que Tejía el Viento
En el pueblo costero de Salinas, donde las olas susurran secretos a las rocas, vivía una niña llamada María de los Hilos. Todos la conocían por su extraña habilidad: cuando tejía, cosas imposibles ocurrían. Si bordaba girasoles en su chal, el sol brillaba más fuerte. Si entrelazaba hilos plateados en sus medias, la luna seguía su camino por la playa como un perro fiel.
Pero había una regla que su abuela le repetía cada noche: "Nunca, bajo ningún motivo, tejas el viento. Los hilos del aire son demasiado poderosos para manos humanas".
María obedecía... hasta aquel verano sin lluvias.
El Pueblo que Perdió sus Sombras
La sequía llegó silenciosa. Primero, los pozos se secaron. Luego, las flores se convirtieron en polvo al tocarlas. Lo más extraño fue cuando las sombras comenzaron a desaparecer. Al mediodía, los habitantes de Salinas caminaban bajo el sol como fantasmas translúcidos, sin su oscura compañera pegada a los talones.
"Es el castigo por pescar demasiado", decían los viejos.
"Es magia negra", susurraban las mujeres.
María sabía la verdad. Cada noche, junto al faro abandonado, veía a los Hilanderos del Viento: criaturas hechas de brisa salada que robaban sombras con sus largas agujas de cristal. Las enrollaban como madejas y se las llevaban mar adentro.
"¿Por qué lo hacen?", preguntó María a su abuela moribunda (porque la sequía también se llevaba a los ancianos).
"Sin sombras... sin lluvia...", tosió la mujer. "Tejen un manto para dormir al océano. Cuando despierte, tendrá hambre de pueblos enteros".
Esa noche, María tomó una decisión. Rompió su chal favorito (aquel que le había tomado tres meses tejer) y sacó las Agujas de Coral que su abuela escondía bajo las tablas del piso.
La Última Madeja
En la playa, bajo una luna que parecía un ojo entrecerrado, María comenzó a tejer. Pero no usó lana ni hilo de algodón. Tejió con el viento mismo, atrapando ráfagas entre sus agujas como quien cose relámpagos.
Los Hilanderos aparecieron rugiendo. Sus cuerpos de niebla salada se arremolinaron alrededor de la niña.
"¡Esa no es lana para manos mortales!", gritó el líder, cuya voz sonaba a gaviota agonizante.
María no respondió. Siguió tejiendo, aunque los dedos le sangraran y el viento le cortara las mejillas. En su telar invisible crecía un paño de huracanes, un tejido tan poderoso que comenzó a absorber las sombras robadas de los Hilanderos.
"¡Detente!", suplicaron las criaturas. "¡Sin nuestras madejas, nos desvaneceremos!".
"Y sin sombras, mi pueblo morirá", replicó María, y dio el último punto.
El Costurero de la Tormenta
El paño terminado brilló como mil peces plateados. María lo lanzó al mar, donde flotó un instante antes de hundirse. Entonces ocurrió lo imposible:
Las nubes llegaron primero, gruesas y moradas como moretones.
La lluvia siguió, dulce y fresca, lamiendo la tierra agrietada.
Por último, las sombras regresaron, deslizándose bajo los pies de los salineros como gatos arrepentidos.
Los Hilanderos del Viento se disolvieron en bruma, pero no sin antes maldecir a María: "Llevarás el mar en tus huesos, niña. Cada puntada te dolerá como marea baja".
Epílogo
La sequía terminó, pero la maldición se cumplió. María creció y se convirtió en la Tejedora de Mareas, una mujer que podía calmar tempestades con un hilo y una aguja. Sus manos siempre estaban frías, y cuando respiraba muy hondo, se escuchaba el sonido de las olas en su pecho.
En el pueblo dicen que, si miras muy de cerca los remolinos del mar, a veces verás hilos dorados entre la espuma. Son las puntadas de María, que sigue tejiendo para mantener el equilibrio entre el viento y el agua.
Y en las noches de tormenta, cuando los pescadores ven luces bailando bajo las olas, no tienen miedo. Saben que es sólo María, cosiendo de nuevo los bordes rotos del mundo.
Fin.
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