cuento 8 La Librería de los Finales Olvidados
En el callejón más húmedo de la ciudad de Bruma, entre una tienda de paraguas rotos y una sombrerería que solo vendía gorras para fantasmas, existía un lugar llamado "La Última Página". Su dueño, el señor Abel, era un hombre tan arrugado que parecía hecho de las mismas páginas amarillas que vendía.
La librería tenía una particularidad: todos sus libros eran finales alternativos de historias famosas. Había un ejemplar donde Caperucita Roja adoptaba al lobo, otro donde la Sirenita prefería seguir coleccionando teteras en el fondo del mar, y hasta uno donde Romeo y Julieta se daban cuenta de que en realidad no tenían nada en común y abrían una tienda de quesos juntos.
Clara, una niña de diez años que visitaba cada tarde, descubrió un día una sección oculta tras una cortina de cuentas de tinta seca. Allí, en un estante polvoriento, había un libro sin título, con su nombre escrito en el lomo con letras doradas.
—Ese no es para ti —dijo el señor Abel, apareciendo silenciosamente a su lado—. Es un borrador del mundo donde vives.
Clara, con el corazón acelerado, abrió el libro. En sus páginas vio su propia vida escrita, pero con detalles que no recordaba: "Clara a los cinco años, rescatando un murciélago herido. Clara a los ocho, inventando un lenguaje secreto con su abuela. Clara a los diez, perdiendo su miedo a la oscuridad cuando..."
La historia se cortaba ahí. Las páginas siguientes estaban en blanco.
—¿Por qué no está terminado? —preguntó Clara, sintiendo un escalofrío.
El señor Abel ajustó sus gafas de media luna.
—Porque algunos finales los escribes tú. Este libro no predice tu vida... espera a que la vivas.
—¿Y si elijo un final malo?
El anciano sonrió, mostrando dientes manchados de café.
—Por eso existe la goma de borrar mágica —dijo, sacando un borrador con forma de nube—. Pero solo funciona tres veces. Elige sabiamente.
Clara llevó el libro a casa escondido bajo su abrigo. Esa noche, bajo la luz de una lámpara, escribió su primer final:
"Clara salvó al murciélago, pero se cayó y se rompió el brazo. Valió la pena."
Las palabras brillaron y luego se fundieron en el papel, volviéndose parte de la historia. Al día siguiente, su madre le preguntó por la cicatriz que tenía en el codo (que no estaba ahí antes). Clara solo sonrió.
La segunda vez fue más difícil. Escribió:
"Clara dejó de visitar la librería cuando el señor Abel desapareció."
Inmediatamente, el borrador mágico se redujo a la mitad. Las letras desaparecieron, pero Clara sintió un dolor agudo en el pecho, como si hubiera perdido algo importante sin recordar qué era.
La tercera vez, Clara esperó hasta su cumpleaños número doce. Con manos temblorosas, escribió:
"Clara creció y se convirtió en la nueva dueña de 'La Última Página', donde ayudó a otros niños a encontrar sus propios finales."
El borrador se desvaneció por completo. Las palabras se volvieron oro líquido, corriendo por todo el libro hasta llegar a la última página, donde apareció una nueva frase:
"Y así fue."
A la mañana siguiente, el señor Abel le entregó las llaves de la tienda sin explicaciones. Solo un guiño y un libro nuevo en el estante, titulado "La Niña que Reescribió su Destino".
Fin.
Comentarios
Publicar un comentario