cuento 9 El Relojero de los Sueños Rotos
En las afueras del pueblo de Albañil, donde las casas se aferraban a la montaña como golondrinas asustadas, vivía un anciano al que llamaban Don Tic-Tac. Su taller era una cueva artificial llena de relojes que no marcaban la hora, sino el tiempo restante de los sueños humanos.
Luna, una niña de nueve años con una cojera persistente desde que un coche la atropelló, descubrió el lugar por accidente cuando perseguía a su gato ciego. Al entrar, un carillón de campanitas anunció su presencia.
—¿Vienes por tu reloj, pequeña soñadora? —preguntó Don Tic-Tac sin levantar la vista de su mesa de trabajo. En sus manos sostenía un delicado mecanismo de cristal donde flotaban pétalos de rosa azules.
—No tengo reloj —respondió Luna, fascinada por los artefactos que llenaban cada rincón—. Además, todos estos están rotos.
El anciano sonrió, mostrando una dentadura de plata que brillaba como las agujas de sus creaciones.
—Al contrario, funcionan perfectamente. Mide esto —le extendió un cronómetro oxidado.
Cuando Luna lo tocó, el dispositivo cobró vida. Dentro del cristal apareció la imagen de ella bailando ballet, mientras un contador descendía rápidamente: 00:07:32... 00:07:31...
—Es el tiempo que le queda a tu sueño de ser bailarina —explicó el relojero—. Cuando llegue a cero, el deseo morirá para siempre.
Luna sintió un nudo en la garganta. Desde el accidente, cada noche soñaba con piruetas imposibles. Pero en el reloj, su yo danzante comenzaba a desvanecerse.
—¿Puedo arreglarlo? —su voz tembló como las agujas del cronómetro.
Don Tic-Tac se inclinó hasta quedar a su altura. Sus ojos grises reflejaban mil relojes al mismo tiempo.
—Hay un precio. Deberás darle cuerda al reloj de otro soñador. Por cada minuto que salves, perderás uno de los tuyos.
Esa noche, Luna regresó al taller con una linterna y determinación. El relojero le mostró tres relojes que necesitaban atención urgente:
El del panadero: Soñaba con escribir poesía (02:15 restantes)
El de la maestra: Anhelaba navegar alrededor del mundo (01:48 restantes)
El del niño del molino: Quería volar cometas profesionales (00:05 restantes)
Sin pensarlo dos veces, Luna giró la llave del reloj del niño. El mecanismo cobró vida y el contador saltó a 60:00. Al mismo tiempo, su propio reloj perdió una hora.
Durante semanas, Luna visitó el taller en secreto. Aprendió que algunos sueños necesitaban aceite de valentía, otros requerían ajustar tornillos de perseverancia. Con cada reparación, su tiempo de bailarina disminuía, pero una extraña felicidad crecía en su pecho.
Hasta que llegó el día inevitable. Su reloj marcaba 00:00:59 cuando el panadero llegó al taller con su primer libro de poemas publicado.
—Gracias —le dijo a Luna sin saber por qué—. Hoy cumplí mi sueño.
El cronómetro de Luna llegó a cero. Sintió cómo algo dentro de ella se rompía... pero no era doloroso. Era como despertar de un largo sueño.
Al día siguiente, encontró a Don Tic-Tac empaquetando sus herramientas.
—Los verdaderos sueños nunca mueren —le dijo mientras le entregaba un reloj especial—. Solo se transforman.
El nuevo reloj no mostraba números. En su lugar, tenía una pequeña bailarina que giraba al compás de los latidos del corazón de Luna. Y aunque nunca más podría hacer piruetas reales, ahora sus manos bailaban al reparar los sueños de otros.
Con los años, la cueva se convirtió en un refugio para soñadores. Y si prestas atención cuando pasa el viento por la montaña, aún puedes escuchar el tic-tac de cientos de esperanzas latiendo al unísono.
Fin.
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